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La tiranía de los rankings internacionales

La tiranía de los rankings internacionales

16 de agosto de 2018 | Búsqueda | enlace original

Los índices internacionales están de moda. Bajo la aparente simpleza de un número, ordenan países (o instituciones) en función de su éxito relativo en diversas dimensiones: desarrollo humano, calidad de la democracia, facilidad para hacer negocios, prestigio educativo, capacidad de innovación, etc. Ninguna característica relevante de la vida contemporánea logra eludir esta tendencia planetaria ni ninguna organización de alcance internacional parece escapar a la tentación de tener su propio índice, como producto estrella que permite ocupar, fugaz pero rutilante, los titulares de los principales medios de prensa.

Su atractivo radica en la simpleza. Como si leyéramos la tabla de posiciones del campeonato uruguayo los lunes en la mañana, los índices pretenden arrojar luz sobre el éxito relativo de los países en un momento del tiempo. Sin mayor formación y conocimiento estadístico, los rankings internacionales llevan a juicios de valor sobre el desempeño de un país que inflama debates, aunque muchos de los participantes no cuenten con una idea clara sobre la forma en que se construyen los indicadores, cómo combinan distintos aspectos constitutivos del problema —por ejemplo, cómo el Índice de Desarrollo Humano (IDH) agrega en un solo número el ingreso disponible, nivel educativo y el status sanitario— y cómo la evolución de cada uno de ellos determina el lugar que ocupa un determinado país en el ordenamiento internacional.

Resumir fenómenos complejos para su comprensión pública es, por supuesto, un objetivo loable. En los informes que acompañan la publicación de cada ranking, las instituciones proponentes suelen explicar con detalle y solvencia las opciones metodológicas tomadas y las limitaciones inherentes a la propia construcción del indicador. No es usual que señalen las debilidades de sus rankings, en el sentido de explicitar qué tan creíble resulta que un país A se encuentre por encima de otro país B. Este tipo de precisión poco espacio ocupa en la discusión pública, donde comentaristas y hacedores de políticas se guían, con demasiada frecuencia, por el subibaja de los rankings anuales.

Cuando el objetivo de la política es incidir en el índice, y no en los rasgos sustanciales que se supone desea medir, puede desencadenar efectos perversos. Hay casos extremos. Rwanda cuenta con un ministerio cuyo objetivo es mejorar la posición del país en el ranking internacional que arroja el índice Doing Business, publicado por el Banco Mundial. Lo cierto es que los rankings no son inocuos y su interpretación pueden llevar a juicios de valor desafortunados.

Un emergente del problema fue la crisis desatada a comienzos del año en torno al Índice Doing Business. Paul Romer, a la sazón economista jefe del Banco Mundial, arrojó dudas sobre la pertinencia de cambios metodológicos que generaron alteraciones en el ranking, en perjuicio en especial de países como Chile e India. Sus comentarios levantaron sospechas de manipulación en contra del gobierno de Michelle Bachelet, desencadenando una airada protesta del gobierno chileno y la salida de Romer del cargo. Más allá de la repercusión pública, el episodio sirve para calibrar hasta qué punto los ranking internacionales se han transformado en piedra angular de los debates públicos.

Lo preocupante no es el indicador en sí. Todos los días utilizamos indicadores y variables que resumen información y permiten tomar decisiones. El problema radica en el énfasis en los cambios relativos año a año, peligro que se ha advertido desde la investigación académica.

Investigadores de la Universidad de Oslo desarrollaron una investigación —cuyo título he tomado prestado para esta columna— donde muestran que la lectura de los rankings basados en índices compuestos son conceptualmente débiles y las diferencias en el lugar que ocupan distintos países no son robustas, en tanto omite el problema básico de la presencia de incertidumbre y errores de medición subyacentes. Por ejemplo, el clima de los negocios no se define por las variables que integran su índice —facilidad para abrir una empresa, manejo de permisos de construcción, mecanismos para resolver insolvencias, etc.—, sino que estas variables son una aproximación a un problema complejo y multifacético. Como toda aproximación, se encuentra sujeta a imprecisiones. Al considerar la incertidumbre subyacente, los autores muestran que los rankings son estructuras débiles y que no es posible identificar con razonable certeza diferencias entre países que se encuentran cercanos en el ordenamiento.

Por ejemplo, los autores encuentran que el IDH identifica bien los países que se ubican en el fondo del ranking, donde predomina el África subsahariana, y entre quienes están en su parte superior. Sin embargo, no es creíble la posición exacta de cada uno de ellos. No debería inferirse que la calidad de vida de Noruega es nítidamente mayor que en Canadá, aunque el país escandinavo se ubica en el primer lugar del ranking y el norteamericano en el décimo.

La imprecisión se acentúa a “mitad de tabla”, lugar que suele ocupar Uruguay en muchas comparaciones internacionales. En este tramo, no se puede afirmar con un 95% de certeza que Argentina y Chile (únicos países clasificados como de desarrollo humano muy alto en América Latina y el Caribe) se encuentren mejor que Uruguay, ubicado unos escalones debajo. En estos puestos intermedios, variaciones en algunas pocas posiciones deberían interpretarse con cuidado. Su significado es vidrioso.

El ordenamiento que surge del índice estrella del Banco Mundial, Doing Business, es todavía más impreciso. Los investigadores encuentran que para el 80% de los países ubicados en los tramos intermedios de la escala, donde está Uruguay, el ranking es débil y poco robusto. Su conclusión es terminante: el índice no hace un buen trabajo para distinguir entre los marcos regulatorios para hacer negocios entre la mayoría de los países. El índice puede discriminar en forma adecuada el grupo del 10% de países con mejores “climas de negocios” y el grupo del 10% con peores “climas de negocios”. Pero no hace un buen trabajo para ordenar a la mayoría de los países que se ubican entre ambos extremos.

El amor contemporáneo por los rankings internacionales no está exento de riesgos. Con demasiada frecuencia pequeñas variaciones en las posiciones ocupan el centro de la escena informativa, son festejadas con desmesurado alborozo o cuestionadas con punzante celo. El ordenamiento de los países a partir de un índice sintético transmite una idea de falsa precisión. También moldean políticas y generan incentivos a actuar sobre el indicador y no sobre el problema sustantivo que pretende medir.