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La necesaria transformación universitaria

La necesaria transformación universitaria

9 de mayo de 2018 | la diaria | enlace original

La Universidad del presente y del futuro es tensionada por los imperativos de democratizar el conocimiento avanzado y el impulso decidido a la creación científica y cultural de calidad. La historia de la educación superior en Uruguay y sus cambios institucionales recientes conducen a que cualquier elaboración y propuesta sobre el futuro de la Universidad de la República (Udelar) resulte simultáneamente una propuesta sobre el futuro de la educación avanzada y de la investigación en el país. Independientemente del indicador utilizado –estudiantes universitarios, publicaciones científicas, docentes universitarios, etcétera–, la Udelar representa más de 75% de las actividades universitarias desarrolladas en Uruguay. Muchas veces, los propios universitarios perdemos de vista esta singularidad. Es nuestra obligación transparentar la discusión hacia el país, señalar con claridad la importancia del desarrollo de un verdadero Sistema de Educación Terciaria –enunciado, pero no efectivizado en los temas sustanciales–, así como del desarrollo de una matriz de generación de conocimiento diversa y de calidad, donde la Udelar no tiene pretensiones de exclusividad. A continuación, sin pretensiones taxativas y como aporte a un debate amplio, desarrollo algunos ingredientes clave de un necesario proceso de transformación. (1)

Ley orgánica: la construcción de una agenda de cambio institucional

No hay transformación profunda y sistemática de la Udelar que pueda desarrollarse sin cambios sustantivos en sus marcos normativos. La Ley Orgánica de 1958, pensada para otro Uruguay y otra Universidad, constituye hoy una traba objetiva a los imprescindibles cambios que se deben afrontar. Recorriendo los bordes de la norma, se han brindado respuestas imperfectas y ad hoc a algunas realidades que cuestionan la pertinencia de su actual estructura de gobierno.

La ausencia de una reformulación global de la Ley Orgánica perpetúa inequidades, introduce ineficiencias y rigidiza a una institución cuyos procedimientos centrales fueron definidos para un demos más acotado y menos diverso.

La institución avanzó en aspectos medulares –carrera docente, descentralización, planes de estudio, etcétera–, pero esos mismos cambios imponen una presión adicional al marco normativo, haciendo que, en prospectiva, la camisa de fuerza de nuestra estructura actual se convierta en una traba relevante para su desarrollo. Predomina una estructura federativa, que dificulta el diseño efectivo de políticas horizontales y la generación de mecanismos de seguimiento de los objetivos que la institución se traza.

Hay una diversificación y densificación de la oferta académica de grado y posgrado, así como programas de investigación que desbordan los límites rígidos de las disciplinas (y de los servicios) y que no tienen una ubicación institucional clara y sufren problemas serios de gobernanza.

Es necesario modificar la Ley Orgánica para tener posibilidades reales de trazar una estrategia universitaria acorde a los requerimientos de la sociedad, compatible con la evolución del conocimiento y suficientemente flexible para habilitar el desarrollo de sus actividades sustantivas por parte de estudiantes y docentes, sin la carga de un proceso burocrático que pone en riesgo la realización de las funciones sustantivas. La peor respuesta es la resignación, ubicando a la Ley Orgánica en el cono de sombra de los temas vedados para la discusión como antídoto a explicitar las diferencias internas. La Udelar debe demostrarse a sí misma y al país que es capaz de procesar y elaborar una propuesta de cambio de la Ley Orgánica que elimine inequidades evidentes, que construya un marco de transparencia, que aliente la participación de sus colectivos en su máxima expresión, que promueva la flexibilidad y la desburocratización, que premie con nitidez el compromiso con la generación de conocimiento de calidad y su democratización.

Condiciones y estímulos para la creación científica y cultural


Crear condiciones para la investigación científica y la creación cultural se encuentra en el núcleo de las definiciones de la Udelar. Sin embargo, el postulado puede transformarse en una aseveración estéril si no es posible brindar certezas básicas a los docentes –en especial a los más jóvenes, que inician su carrera y se encuentran en un momento de su ciclo vital en el que se toman decisiones de radicación y otras apuestas de largo plazo– sobre la disponibilidad de oportunidades de superación y condiciones adecuadas mínimas para el desarrollo de sus actividades sustantivas.

El Estatuto de Personal Docente, cuya aprobación es de esperar que suceda en las próximas semanas, constituye una pieza clave en esta dirección. No obstante, una vez aprobado, resta definir recursos y mecanismos para su completa instrumentación. Debe asegurarse que existan oportunidades periódicas y efectivas de acceso a la carrera docente, basadas en evaluaciones de desempeño, en el acceso a la principal política de alta dedicación con que cuenta la institución –el régimen de Dedicación Total– y en ampliar los sistemas de becas para la formación de posgrado, como mecanismo de mejora sostenida de la masa crítica de docentes con alto nivel de formación.

Es necesario considerar la arquitectura académica de los servicios y la generación de incentivos claros en aspectos relevantes para la calidad de la vida universitaria, como ser el fomento del trabajo en equipo y la articulación creativa con otros actores que coadyuven a un desarrollo equitativo. Estas acciones favorecen la cohesión académica y constituyen un camino para sostener acumulaciones en el tiempo sin que descansen, exclusivamente, en la experiencia individual. En la misma dirección, es necesario aprovechar las instancias de conformación de redes internacionales, consolidando vínculos y apostando al desarrollo institucional integral. En este siglo, el riesgo al aislamiento y encapsulamiento es preocupante más que nunca para la actividad universitaria.

Un capítulo aparte merece el Hospital de Clínicas. Las condiciones de formación e investigación clínica no son ideales y, lo que es aun más serio, tampoco son razonables las circunstancias en las que se brinda atención sanitaria. La necesidad de una reestructura profunda es evidente. Desde la apertura democrática, sucesivos proyectos se han esbozado y no concretado. Diseñar e impulsar un cambio de magnitud, en articulación con el Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS), es clave para evitar un deterioro aun mayor y para revertir el proceso que se ha puesto en evidencia en las últimas décadas en una institución relevante para la Udelar, pero sobre todo para el país.

Hacia la generalización de la educación terciaria y superior


El acceso a la educación superior es un condicionante de las posibilidades efectivas que las personas tienen a lo largo de su ciclo de vida y de la capacidad para participar en sociedades abiertas. Las viejas concepciones elitistas que asumen que la educación superior es un espacio de privilegio al que pueden acceder sólo los más dotados –ya sea por supuestas capacidades innatas o por derroteros vitales más favorecidos– desconocen la urgente necesidad de democratizar el acceso al conocimiento. Las diferencias en el acervo de conocimiento a disposición de individuos y colectivos constituyen una piedra angular en las relaciones de poder, y en las posibilidades efectivas de construir bases sólidas para una vida republicana rica y equitativa.

Avanzar hacia la generalización de la educación superior es un objetivo complejo. El país enfrenta un problema de base: el estancamiento del egreso de educación secundaria. Sobre este aspecto, la Udelar puede y debe colaborar en un marco para la conformación efectiva de un sistema de educación pública, pero no es la principal responsable institucional. Sí es su responsabilidad abatir la desvinculación de aquellos estudiantes que arriban a la Universidad pero no encuentran en ella un espacio educativo capaz de generar, a partir de puntos de partida heterogéneos (contextos familiares, formaciones previas, etcétera), trayectorias articuladas y coherentes. Abatir sistemáticamente la proporción de estudiantes que no logran culminar la formación de grado debe volver a ser un objetivo explícito.

La nueva Ordenanza de Estudios de Grado generó un marco para cambios relevantes en los planes de estudio –en particular en algunos servicios que registraban un atraso muy relevante en la materia– que permitió mejorar la retención. Evaluar lo hecho es prioritario, en tanto la creditización y flexibilización requieren mucha más conducción académica que bajo los viejos esquemas de formación tubular. Una finalidad importante es corregir errores de diseño o dirección académica que hayan llevado a configuraciones de dudosa coherencia formativa. La creditización y flexibilización habilitan distintas trayectorias formativas, pero estas no pueden conformarse al azar y sin dirección académica.

A su vez, las políticas de acompañamiento de los estudiantes, imprescindibles en contextos de masificación, deben configurarse dinámicamente, incorporando su evaluación permanente en contextos en los que no existen respuestas de política simples para abatir la desvinculación.

Posgrado


Facilitar los procesos de formación a nivel de posgrado en condiciones adecuadas implica profundizar algunas líneas ya existentes, como sistemas de becas que permitan una alta dedicación al estudio, e innovar en otras. Una tarea relevante es revisar grados de superposición entre los posgrados, duplicación de programas, posibilidad de utilización de recursos académicos conjuntos y diseño de ofertas de calidad a nivel de doctorado en todas las áreas del conocimiento, entendidas en un sentido amplio. Presupone, también, promover la colaboración sistemática con universidades del extranjero, bajo la diversidad de modalidades posible. En este marco, es deseable pensar en un sistema de becas en programas de calidad fuera del país, incluyendo doctorados “sándwich” que se adapten a las posibilidades efectivas de un segmento del cuerpo docente y de egresados para acceder a una formación de alta calidad.

La Comisión Académica de Posgrados ha cumplido un rol importante como ámbito central que construye bases mínimas de requerimientos que aseguran calidad académica. No obstante, el acceso a las ofertas de formación de posgrado es un área que requiere un esfuerzo relevante y articulado con múltiples actores. En algunos servicios, los posgrados son sostenidos por grupos reducidos de docentes, con vínculos débiles con las estructuras académicas –institutos y departamentos– e incluso con mecanismos de remuneración diferenciados. En otros, los cupos constituyen una limitante de primer orden, por lo que se requiere identificar el tipo de política que podría actuar sobre ellos sin afectar la calidad académica. Es imprescindible continuar la realización de evaluaciones internas y externas periódicas de todas las ofertas de posgrado, como ejercicio de autorreflexión y espejo sistemático para la mejora de los programas existentes. Esta práctica, además, puede contribuir a evitar el anquilosamiento y constituirse en un insumo para la discusión de políticas institucionales.

Descentralización


La descentralización universitaria combina nuevas ofertas de grado y posgrado con el desarrollo de capacidades de investigación en el territorio. Ambas facetas no son separables, salvo a riesgo de sacrificar calidad y profundidad y construir una “oferta de segunda”. En los últimos años, el estancamiento de la agenda institucional es evidente en esta dimensión, con fragilidades de distinto tenor que se perpetúan en el tiempo e indefiniciones sustantivas. Es el momento de avanzar en la consolidación de una nueva institucionalidad, que incluye la discusión sobre la pertinencia de un prorrectorado de Descentralización.

La consolidación de las estructuras institucionales y la evaluación institucional de procesos y resultados por subprogramas y líneas específicas – desde cada Polo de Desarrollo Universitario hasta las carreras de grado– son insumos para el crecimiento ordenado de una experiencia innovadora. En este plano, la construcción de confianza es medular para que la evaluación no se perciba como señalamiento sino como fuente de información para reestructurar programas y dar un nuevo impulso a la descentralización.

A manera de cierre: clima interno y construcción de coaliciones


El futuro no se nutre sólo de la enumeración de objetivos loables; los medios y procedimientos para alcanzarlos importan. Ninguna transformación profunda y democrática puede transitarse en un clima de crispación interno. En los últimos años, con demasiada frecuencia se ha recurrido a la confrontación ríspida y a la adjetivación de personas y grupos como mecanismo para desacreditar opiniones e imponer posiciones. Es un camino esterilizante, que abre brechas y dificulta el ejercicio efectivo de la argumentación y contraposición como fuente de síntesis institucionales creativas.

La Universidad necesita intercambios profundos y áridos sobre temas en los que no existen unanimidades. Crear las condiciones para discusiones fermentales depende también de la instauración de un clima de respeto generalizado. En tiempos en que los órganos centrales de la Universidad –colectivos y unipersonales– verán renovar su composición, un papel central de quienes asuman roles de liderazgo no es sólo generar una “lista” de objetivos programáticos, sino demostrar, durante el propio proceso de elección, condiciones para nuclear colectivos que, desde las diferencias, logren impulsar los cambios. Si los procesos de renovación de autoridades se limitan a “juntar votos” sin importar la explicitación de acuerdos amplios para avanzar, podrán ganarse elecciones, pero ninguna transformación profunda emergerá.

(1) Muchas, aunque no todas las líneas desarrolladas requieren recursos presupuestales. El atraso relativo y los problemas ocasionados por la dotación presupuestal ameritan una reflexión en sí misma, que excede el alcance de este artículo.